No existen la autoestima, ni la desatención como variables explicativas, son el resultado. Así, se confunde descripción con explicación de la que se pueden derivar intervenciones muy peligrosas y erróneas; se aplican técnicas basadas en buenas prácticas sin saber; el problema es cuando se concluye que esas buenas prácticas funcionan sin conocer nada de lo que lo explica y se quedan en las simples creencias.

 

 

 El diseño de una respuesta educativa no es solo cuestión de buenas intenciones, sino que requiere planificación y una adecuada metodología y sobre todo, una evaluación explicativa de las necesidades que pretende abordar. Si no se reúnen estos requisitos se quedaría en un gesto testimonial o una mera acción de sensibilización. De esta manera, las adaptaciones curriculares y los programas de refuerzo, específicos o de profundización son poco más que un conjunto de elementos curriculares y asistenciales que se “presumen” útiles para atender las necesidades del alumno.

 

 Por lo tanto, no deberíamos conformarnos con descripciones, por muy detalladas que sean: además de inquirir cómo son las cosas, tendríamos que responder a porqué ocurren los hechos cómo ocurren y no de otra manera y a su valor funcional: para qué ocurren.

 En conclusión, el actual modelo de evaluación psicopedagógica no permite responder a ninguna de estas cuestiones para traducir en procesos de aprendizaje las necesidades educativas de los alumnos. Estamos guiando a los profesionales y a la familia a ir en una dirección que no es y a dar una solución (clasificación y etiquetaje) que es iatrogénica , es decir, crea más problemas, y esto es así cuando operamos de una manera que aquellas cosas que no están demostradas a base de repetirlas en los libros, artículos, cursos de formación y en las redes, alcanzan una categoría de verdad y terminamos por creérnoslas.

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