En la actualidad, las justificaciones sobre la importancia de facilitar contenidos relacionados con la educación emocional en los centros educativos presentan, en la mayoría de las ocasiones, este tipo de legitimación “cientifista y sesgada” en esa positividad emocional, y contiene instrucciones acerca de la construcción de la identidad personal y sobre la correcta socialización, que llegan a funcionar como inversores emocionales, configurando un patrón que demanda seguir una serie de reglas y prácticas para “sentir y actuar”, todo ello girando alrededor de la necesidad individual y de la obligación de ser feliz y positivo, estigmatizando el malestar, con la excusa de obtener el mayor rendimiento posible y conseguir ser exitoso en todos los ámbitos.
Esta idea de bienestar aplicada a los programas de educación emocional busca enseñar al alumnado a manejar emociones individuales e interactivas basadas en el derecho inalienable a la felicidad y a la eliminación y/o evitación de las emociones negativas, construyendo progresivamente una identidad coaccionada por la obligación de ser positivo en toda circunstancia y lugar, y donde la supresión de todo lo social y material contribuye a que el alumnado transforme los problemas en dificultades personales: “yo soy el problema”.
El bienestar y su contrario, el sufrimiento, depende sólo de cada uno y nunca del propio estatus social de partida, ni de nuestra posición en las interacciones o círculos de relación/poder. El aprendizaje contextualizado de emociones negativas como la indignación, la rabia, la vergüenza o la culpa que son tan importantes para que los alumnos sean capaces de autocrítica y de plantear una defensa razonada de sus derechos y por ello empáticos, es eliminado de raíz. Se habla frecuentemente de las fortalezas del alumnado, pero para este positivismo emocional se da por sentado que lo que hay que hacer con ellas es usarlas para maximizar el bienestar y con ello del rendimiento, contribuyendo a un modelo de socialización utilitario, donde los otros se transforman de fines en medios para conseguir un buen estado emocional, convirtiéndose así en “contactos sociales” en los cuales se “invierte”.
Ante esto, la única noción razonable de bienestar ha de asumir necesariamente componentes del malestar, dándoles un valor y un lugar destacado en el proceso de socialización. El debate real estaría entonces entre modelos y programas de educación emocional que toman al alumnado en su totalidad, incluyendo las dimensiones emocionales del sufrimiento de aquellos otros que recortan esa totalidad, tratando de quedarse solo con lo positivo, como si ello fuese posible y saludable.
El bienestar no se puede convertir en una mercancía que podamos adquirir, porque no nace de ejercicios o técnicas, sino de hacer aceptable la vida en medio de la diversidad y la incertidumbre; una vida con sentido aunque implique malestar, abierta al mundo, participando en su transformación con los riesgos, temores y satisfacciones que la propia tarea de aprender conlleve y aceptando aquel malestar que merece la pena para conseguirlo. ¿Desde cuándo es preferible un coach a un maestro? La salud emocional del alumnado va de la mano de la mejora de los contextos de aprendizaje.
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