Desde este planteamiento, estos comportamientos se entienden mejor como situaciones-límite en respuesta a crisis, rupturas y pérdida de sentido personal (Identidad/Proyecto), y tienen su raíz en biografías dañadas antes que en biologías defectuosas relacionadas con el sufrimiento que para el alumno es, en una situación determinada, “intolerable, interminable e ineludible" (Chiles et al, 2019). Para Linehan (1993) es una forma de escape de la experiencia emocional negativa, intensa y prolongada que se produce cuando una persona se desenvuelve en entornos inestables, limitantes e invalidantes.
En un análisis radicalmente psicológico se pone el énfasis en la función que las conductas suicidas y las autolesiones tienen para el adolescente, así un patrón de conducta bastante común en nuestra sociedad actual implica que las personas ajustan su comportamiento a reglas verbales de rechazo del malestar para poder vivir. Es decir, el significado funcional de lo que hacen se ajusta al patrón de “vivir siempre que el malestar no ande por medio”. Pensamientos, emociones y/o sensaciones que causen malestar (miedos, tristezas, inseguridades, obsesiones, etc …) son barreras que hay que eliminar o evitar para poder hacer la vida que uno quiere (la cultura de la felicidad y del pensamiento positivo: Ver ¿De qué bienestar hablamos...?). El problema surge cuando esto no se consigue y, por tanto, el sufrimiento se adueña de la vida y ya solo se busca dejar de sufrir. En ese dolor tiene mucho que decir la sociedad: las condiciones y el bienestar en el que vivimos; dando la posibilidad al alumnado que puedan acceder a vidas con significado que merezcan la pena ser vividas. La comunidad educativa es clave aquí, no se trata de arreglar averías intrapsíquicas en los alumnos, no se trata de eso, sino de encontrar sentido a la vida en las relaciones con los demás.
A partir de aquí los modelos de intervención deberían ir encaminados a la prevención primaria universal y dirigidos a reducir el sufrimiento social (Bueno Gómez, 2022) o el malestar colectivo (Padilla y Carmona, 2022) y a desarrollar contextos educativos más habitables para que las soluciones no siempre pasen por lo hospitalario.
Más que atajar las conductas suicidas y de autolesiones se trataría de promocionar la aceptación de los pensamientos, emociones y recuerdos cuando hacerlo está al servicio de lo que importa; a aprender la flexibilidad necesaria para diferenciarse de uno mismo cuando esos pensamientos y emociones surjan en un momento dado y, así, dejar espacio para actuar de un modo valioso o con significado, y, por supuesto, al abordaje de los contextos vitales problemáticos y dramáticos que limitan la vida del alumnado, lo cual remite no solo a los aspectos individuales señalados, sino también sociales y culturales.
Al-Halabi, S., Fonseca-Pedrero, E. Coord. (2023). Manual de Psicología de la Conducta Suicida. Madrid: Pirámide
Bueno Gómez, N. (2022). Filosofía del sufrimiento. Valencia:Tirant humanidades.
Chiles, J. A., Strosahl, K. D. y Roberts, L. W. (2019). Clinical for assessment and treatment of suicidal patients (2.ª ed.). American Psychiatric Association.
Linehan, M.M. (1993). Cognitive-behavioral treatment of borderline personality disorder. New York: Guilford Press.
Padilla, J. y Carmona, M. (2022). Malestamos. Cuando estar mal es un problema colectivo. Madrid: Capitán Swing.
Pérez Alvarez, M. (2011). El mito del cerebro creador. Madrid: Alianza Editorial.
Szazs, T. (1960). The myth of mental illness. American Psychologist, 15,113-118.
. dConducta