Cualquier situación de acoso, ya sea directa o virtual, tiene en su base un contexto socio-verbal que engloba las explicaciones, valores y formas de control que cada uno de nosotros ha aprendido a relacionar, de acuerdo con el entorno cultural en el que se socializa, englobando pensamientos, sentimientos y demás experiencias psicológicas.

 Nacemos al lenguaje, es decir, aprendemos a relacionar (Luciano et al., 2025) y eso nos permite generar relatos o narraciones de nosotros mismos y de aquello que nos mueve a actuar como si fuera algo “interno”. Una de las primeras habilidades verbales que adquirimos es la capacidad de describir nuestro entorno y las experiencias personales, lo cual optimiza el control sobre el ambiente y, consecuentemente, la supervivencia a largo plazo. Sin embargo, el medio de socialización no se limita al entorno físico, sino que también comprende el ámbito social.

La mayor parte de nuestra vida la pasamos rodeados de personas con las que nos relacionamos constantemente y, al igual que el lenguaje nos facilita anticiparnos de forma tan efectiva a los riesgos potenciales del entorno físico, tendemos a utilizarlo de igual forma para tratar de predecir y controlar nuestro contexto social. Nuestra cultura de ese modo nos enseña a categorizar y  etiquetar a las personas, ya que el mismo patrón funcional de conducta verbal nos ha sido útil a la hora de categorizar objetos.

 Por ejemplo, el contexto sociocultural puede condicionar a determinados alumnos que el término “inmigrante” contenga cierta connotación negativa. Pero este mismo fenómeno se observa con otras múltiples categorías verbales. Pueden formar juicios preconcebidos sobre otros compañeros, independientemente de su nacionalidad o religión, basándose en atributos como poseer un teléfono móvil de alto o bajo coste, la forma de vestir o las preferencias musicales. En el fondo, cuando calificamos a nuestro entorno social de este modo, tratamos a las personas y a nosotros mismos en categorías de objetos físicos y no como personas complejas y multifacéticas, cada una con su historia personal. A este proceso de categorización del mundo social y la transformación de funciones que conlleva, por lo general, funciones negativas tales como aversión, miedo o agresividad, es lo que se denomina prejuicio y pensamiento estereotipado y se forma a través de operantes verbales en el proceso de socialización. Todas las culturas están plagadas de numerosos estereotipos sociales y durante el curso de la formación de la identidad personal se añaden nuevas variaciones e incluso se crean nuevos dependiendo, entre otros, de la ideología y el momento histórico.

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