Las explicaciones que uno da de lo que hace o le sucede son razones que los demás entienden y respetan. Un alumno/a puede dejar de acudir al instituto porque se siente mal, tiene miedo y por eso hace esto y no puede hacer lo otro, y los demás aceptamos esas razones y las asumimos como causas. Serían explicaciones causales, de manera que el control de esa conducta pasaría, según ello, por el control de sus causas. Si el alumno/a no se sintiera mal, si no tuviera miedo, entonces podría hacer esto y lo otro sin ningún problema. De acuerdo con esta lógica, uno lucha contra las causas y/o espera que alguien se las quite (clínico, orientador/a, medicación), que le quite el miedo, las obsesiones, la depresión y le ponga bien. Pero la cuestión es que las razones que damos de nuestro comportamiento no quieren decir que sean (las) verdaderas causas. Las razones son explicaciones psicológicas (que es importante comprender) pero que no constituyen necesariamente explicaciones objetivas, las explicaciones causales. Se trataría, en efecto, de la clásica distinción entre comprensión (psicológica) y explicación (causal). Uno se quita el miedo evitando ir al instituto, así el miedo parece causar la evitación, y ésta disminuir el miedo. Pero el miedo está ahí de nuevo. Uno lucha contra sus pensamientos intrusivos, pero al hacerlo, él mismo los reintroduce.

 Se podría decir que la práctica social hace que situaciones, palabras y pensamientos parezcan equivalentes y esto puede dar lugar a que ciertas reglas verbales se independicen de la realidad. Nos creemos lo que pensamos y nos adherimos a nuestros pensamientos independientemente de las consecuencias de comportarnos según nos señalan dichos pensamientos. La idea “nada importa” es un pensamiento, son relaciones derivadas del tipo “si permanezco en la cama, no tendré que dar explicaciones a mis padres de porque no voy al instituto” o “la única salida es abandonar los estudios”. Estas relaciones pueden establecerse tras intensas reflexiones en las que se derivan cada vez relaciones más abstractas en las que aparece el catastrofismo (“nunca voy a poder salir de esta situación”) y un profundo dolor psicológico relacionado con el abandono (“no le importo a nadie”) facilitan la rumia y la ansiedad alimentando el círculo de estas experiencias emocionales. Uno lucha contra la ansiedad porque la tiene y puesto que se mantiene ha de seguir combatiéndola. Uno quiere salir de la depresión, pero como no hay ninguna depresión de la que salir, nada cambia.

. dConducta