Estas experiencias emocionales no son causa, sino ellas mismas consecuencias de las condiciones dadas en las circunstancias de la vida y habría que analizarlas según sus consecuencias en las conductas de otras personas y de uno mismo. Toda emoción tiene un fin, es decir, un porque y un para qué. Así, se puede recurrir a la emoción para disminuir, sustituir y/o rechazar una conducta o situación que no se puede o no se quiere mantener.
El sentido de la ansiedad no es miedo a nada (como se refiere a menudo), sino de algo por definir que supone o anticipa una ruptura o pérdida y por mas que sea una experiencia negativa, cumple funciones adaptativas (positivas) como el alertar de que algo anda mal e inquietarse para no seguir así y provocar para hacer algo.
La tristeza sería la evasión de las dificultades a que obliga una nueva situación. Se busca hacer del mundo una realidad afectiva neutra, un sistema en equilibrio afectivo al no poder o querer hacer las conductas deseadas, procurando que el mundo ya no exija nada de nosotros. Así, actuamos sobre nosotros mismos limitando nuestra actividad.
Por todo ello, ambas experiencia emocionales se entienden mejor como situaciones en las que el alumno/a está inmerso que como un trastorno o síntomas de una supuesta enfermedad y para su explicación, con vistas a planificar intervenciones, es necesario acudir al análisis funcional, a esa dialéctica contexto-persona, a los antecedentes y los consecuentes y, de forma más global, a la biografía del alumno/a y sus circunstancias, en las que tienen un papel prioritario los centros educativos a la hora de implementar actuaciones preventivas universales y selectivas.
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