Pero este individualismo utilitario no completa el modelo, también se busca que el alumno sea expresivo (expresión de un “yo interior”),ya que se "entrena" el control de los efectos de aquellas emociones que conducen al “éxito laboral”, mediante la introducción en los currículos de la competencia emocional: inteligencia emocional, psicología positiva, movimiento de la autoestima; y así establecer el control de la conducta productiva como algo que depende cada uno.
Esta interpretación (mentalista) de situaciones y acontecimientos constituyen la clave del bienestar o el malestar individual, independientemente de las circunstancias, enfatizándose la idea de que los éxitos y los fracasos personales derivan casi por completo de la capacidad o incapacidad del alumno para adaptarse a nivel social, académico y, posteriormente, profesional y así obtener el mayor rendimiento posible y conseguir ser exitoso en todos los ámbitos. En la actualidad lo que más se pone en valor son los recursos personales (psicológicos) de los alumnos como una nueva forma de producción que opera y se centra en el “entrenamiento de las emociones” (Illou, 2019).
Este individualismo a ultranza está colocando a los niños y jóvenes y sus deseos personales en el centro de la consecución de la felicidad y a los demás en un instrumento para conseguirla. Consumen así personas, ya que todos seríamos contactos sociales en los que se invierte para la satisfacción “inmediata” de aquello que la sociedad de consumo les dice que necesitan para mantener un buen estado emocional.
Pero hoy nos encontramos con un número creciente de adolescentes que experimentan una angustia sin nombre y sin representación; un malestar sin simbolización que experimentan como un vacío que necesitan evitar. El adolescente ha dejado de relacionar su malestar con alguna causa concreta. Sienten angustia, irritabilidad, experimentan problemas en sus relaciones sociales, se autolesionan y/o se deprimen, pero no saben atribuir estos malestares a ninguna circunstancia personal o relacional como desencadenante. Esta imposibilidad no tiene solo que ver con una dificultad para ponerle palabras al pensamiento, sino a un déficit del pensamiento mismo.
La socialización actual de niños y jóvenes es en gran medida digital y como hemos apuntado, cada individuo se conforma en la interacción social y su complejidad y diferenciación se debe al carácter múltiple y diverso de las relaciones sociales, de ahí que la influencia de las redes sociales en estas edades sea tanta, pero esta tecnología está organizando el mundo de los niños y adolescentes provocando al menos dos efectos muy perniciosos en su funcionamiento psicológico: limitando la capacidad de atención sostenida y provocando la dificultad/imposibilidad de pensar.
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